Nunca me he tomado muy en serio. Ni a mi ni casi a nadie/nada.
Puedo bromear acerca de casi cualquier cosa, tengo un humor bastante retorcido, soy la que si se ríe con los chistes de leprosos, discapacitados, de mi misma, de mi santa y pura madre, de mi abuela y de la vecina viejita y desdentada que se cae. La neta.
Pero hasta yo tengo mis límites y ya ni siquiera hablemos de las categorías chistorísticas... simplemente soy poseedora de una autoestima que pende de un hilo, uno muy tenso y maltratado. Uno que se encuentra muy muy alto y es difícil alcanzar pero al hacerlo, cualquier airecito, cualquier mosquita la puede tumbar hasta el suelo y dejarla casi inservible.
No es culpa de nadie, es mía. Si por algo se llama AUTOestima, se supone que soy yo y solamente yo quien tiene -o debería tener- influencia en ella pero no es así. Casi cualquier persona (conocida porque con desconocidos no aplica) -y puntos extras si esa persona es mi mamá- puede, tocando los botones correctos, hacerla trizas sin problemas.
Y no importa cuanto me repitan otras personas lo "valiosa" que soy, lo "buena onda" que soy, lo "fuerte" que siempre he sido etc, etc, no importa cuando además son las mismas personas que te dicen que "lo que importa es lo de adentro" las primeras en descalificarme a mi o otras. No importa porque mis inseguridades vienen de muy adentro y trastocan cada cosa que hago, cada relación que tengo y no tengo, cada paso que doy y cada cosa que callo.
La sentencia proferida por mis padres desde hace años "Nadie te va a querer así" aún resuena en mi cabeza todo el tiempo... y yo trato de borrarla... y seguiré tratando.
Y ahora para cortar con lo azotado y emo de éste post:
Un pez que dibujé antier mientras pensaba en lo difícil que debe ser la vida artística bajo el mar. Las cosas no son como La Sirenita nos hizo creer.